Marta Ituño Jewelry

Entre mi Mundo de Oro y mi Mundo de Plata: la joyería como puente entre la memoria ancestral y el mundo de los sueños

Entre el oro y la plata: los dos mundos que habitan mis joyas

Hay veces que me preguntan por qué algunas de mis joyas nacen en oro y otras en plata, y la verdad es que nunca he sentido que se trate simplemente de una elección estética. Con el tiempo he comprendido que existen dos territorios muy distintos que conviven dentro de mí y que inevitablemente terminan expresándose en lo que creo. Son dos lenguajes diferentes, dos paisajes interiores, dos formas de relacionarme con la belleza y con el mundo. Ninguno es más importante que el otro. Ambos forman parte de mí y ambos encuentran su lugar entre mis joyas.

El primero es el mundo del oro. Siempre he sentido que el oro me conecta con algo profundamente antiguo. Cuando trabajo con él aparece una sensación difícil de explicar, como si estuviera tocando una memoria que no me pertenece únicamente a mí, sino a algo mucho más grande y antiguo. El oro me habla de la tierra y del fuego, de aquello que tiene peso, raíz y permanencia. Me recuerda a las civilizaciones antiguas, a los templos erosionados por el tiempo, a las joyas encontradas en excavaciones arqueológicas que sobrevivieron siglos enterradas bajo la tierra esperando volver a ver la luz. Hay algo casi sagrado en ese material. A veces siento que cuando diseño ciertas piezas no estoy inventando nada nuevo, sino recordando algo que ya existía. Como si algunas formas, algunos símbolos y algunas ornamentaciones hubieran atravesado los siglos para reaparecer de nuevo bajo otra forma.

Quizá por eso me siento tan atraída por la arqueología, no solo como disciplina que estudia el pasado, sino como lenguaje simbólico. Siempre me ha fascinado imaginar las manos que sostuvieron ciertas joyas hace miles de años, las historias que acompañaron a quienes las llevaron consigo, las creencias, los rituales y los sueños que quedaron atrapados en ellas. Cuando trabajo con oro siento precisamente eso, una conexión con la memoria, con la continuidad de algo que ha sobrevivido generación tras generación. Las piedras que habitan este universo también parecen hablar ese mismo lenguaje ancestral. El azul profundo del lapislázuli, el rojo intenso del granate o el verde vibrante de la esmeralda aparecen una y otra vez en la historia de las culturas antiguas. Son colores primarios, esenciales, cargados de simbolismo. Hablan de poder, de linaje, de protección, de sabiduría y de aquello que permanece cuando todo lo demás cambia.

Pero después existe otro territorio completamente diferente. Mi mundo de plata. Y si el oro me conecta con la tierra y el fuego, la plata siempre me ha llevado hacia el agua y el aire. Su energía es mucho más emocional, intuitiva y cambiante. Cuando trabajo con plata siento que entro en un espacio donde las formas nacen desde otro lugar, un lugar menos racional y más cercano al sueño. Es el territorio de mi niña interior, de la imaginación, de las emociones que no siempre sé explicar con palabras y de todas aquellas imágenes que aparecen entre la vigilia y el sueño. La plata tiene algo lunar que siempre me ha fascinado. No posee la contundencia solar del oro. Es más sutil, más misteriosa. Cambia con la luz, se transforma según el momento y parece contener siempre algo que no termina de revelarse del todo.

Las piedras que elijo para acompañarla hablan exactamente el mismo lenguaje. La piedra luna, el ópalo, la aguamarina o la amatista son gemas que nunca se dejan atrapar completamente. Sus reflejos cambian constantemente. A veces parecen contener pequeñas galaxias en su interior. Otras veces se vuelven casi transparentes. Me gusta pensar que se parecen mucho a las emociones humanas. Nunca son idénticas dos veces. Nunca muestran exactamente la misma cara. Quizá por eso las siento tan cercanas. Porque representan esa dimensión invisible de la experiencia que muchas veces escapa a las definiciones, pero que todos reconocemos cuando la sentimos.

Con el paso de los años he comprendido que estos dos mundos no están separados. Conviven constantemente dentro de mí. Hay días en los que necesito crear desde la tierra, desde la historia, desde la fascinación por las culturas antiguas, la filosofía ancestral y los símbolos que han sobrevivido al paso de los siglos. Y otros días en los que todo nace desde el agua, desde la intuición, desde imágenes que aparecen como fragmentos de sueños o recuerdos que no sé muy bien de dónde vienen. A veces siento que mi trabajo consiste precisamente en tender un puente entre esos dos territorios. Entre la arqueología y la imaginación. Entre la memoria y la fantasía. Entre la materia y el símbolo.

Quizá por eso nunca he entendido la joyería únicamente como algo ornamental. Para mí una joya es una historia condensada. Un pequeño símbolo portátil. Un objeto capaz de conectar con algo profundo dentro de quien lo lleva. Algunas personas encuentran en ellas una conexión con sus raíces. Otras con sus sueños. Y muchas veces, sin darse cuenta, encuentran ambas cosas al mismo tiempo. Porque creo que todos habitamos esos dos mundos. Todos tenemos una parte que necesita la estabilidad de la tierra, la memoria y la permanencia. Y todos conservamos también una parte que pertenece al agua, al misterio, a la intuición y a lo invisible.

Mis joyas nacen justamente en ese lugar de encuentro. En ese equilibrio delicado entre lo ancestral y lo onírico, entre el peso de la historia y la ligereza de los sueños, entre lo que recordamos y lo que imaginamos, entre aquello que permanece y aquello que cambia. Y quizá por eso siento que, en el fondo, cada pieza cuenta siempre la misma historia: la búsqueda constante de armonía entre las distintas fuerzas que habitan dentro de nosotros.

¿Quieres verlo en video? Echale un ojo a mi Instagram y te lo explico todo! https://www.instagram.com/p/DSm8iAaDIgh/

Salir de la versión móvil